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Asmodeo o La banca siempre gana

Contribución de Feo
Hubo un tiempo, mucho antes de la Gran Guerra del Cielo y de la consiguiente caída, en el que en el Paraíso reinaba la Armonía.
Bueno, eso no es del todo exacto.
A pesar de que el Amor de Dios impregnaba todo cuanto existía, los Ángeles, como seres inteligentes que son, tenían diferentes puntos de vista. Y eso, por supuesto, originaba fricciones. No obstante, aquellos no eran más que eso, meros roces.

Como en todas las sociedades, se había establecido una Jerarquía aunque, como era Dios quien la había establecido, nadie se quejaba del lugar que le correspondía en el Plan Divino. Así pues, cuando aparecía una necesidad, algo que tenía que ser hecho, Dios daba forma a Sus pensamientos y un nuevo Ángel era creado para satisfacer dicha necesidad.
Asmodeo fue uno de los últimos Ángeles en ser incorporados a la Creación, y su función era notablemente importante.
Por aquel entonces, prácticamente todas las esferas de influencia estaban dirigidas por algún otro Ángel y, por si fuera poco, cada uno de ellos se encargaba de su cometido con notable eficiencia. Pero, con el transcurrir de los siglos, los Ángeles optimizaron su esfuerzo hasta tal punto que necesitaban muy poco tiempo para mantener en funcionamiento y en perfecto estado operativo la Máquina de la Creación. Y, por tanto, cuando empezaron a tener tiempo libre, los Ángeles comenzaron a aburrirse. A fin de cuentas, Dios los había creado eficientes pero con muy poca imaginación.
El proverbio “Las manos ociosas son las manos del Diablo” aún no tenía mucho sentido, pero a Dios no le agradaba mucho ver a sus Hijos mirándose el ombligo tras una corta jornada de trabajo. No es que no apreciara sus esfuerzos, ni que le desagradara ver a sus Vástagos disfrutar de un merecido descanso.
Simplemente, no le satisfacía ver sus caras aburridas. Así que, en un arranque de inspiración, Dios se puso, de nuevo, manos a la obra y, de la fuente inagotable de Sus pensamientos, engendró a Asmodeo y le explicó cual sería su tarea.
Y Asmodeo, satisfecho y agradecido con el Creador, se puso manos a la obra.

Los milenios habían pasado apacible y serenamente. Las cosas en el Cielo transcurrían perfectamente, como debía ser, y en el vasto Universo, los planetas se habían enfriado lo suficiente como para albergar vida en ellos.
De hecho, como si de un Jardinero maniático y presa de un ataque de nervios se tratara, Dios se paseaba por todos y cada uno de ellos, escogiendo algunos de ellos al azar y plantando en ellos las semillas de la vida. La tarea no le llevó mucho tiempo, ya que ya estaba en todos y cada uno de ellos (ventajas de la Omnipresencia, acelera un poco las cosas).
Pero en fin, volvamos al Paraíso.
Tal y como se ha dicho unas líneas más arriba, todo iba perfectamente.
Desde el instante posterior a su nacimiento, Asmodeo, el más imaginativo de todos los Ángeles, había enseñado a sus hermanos centenares de juegos para que estos pudieran disfrutar de su tiempo libre. Tal era su entusiasmo que, prácticamente, había diseñado un juego para cada uno de los demás Ángeles.
Así pues, para gente como Lauren y Mikel, había ideado un juego que consistía en alcanzarse el uno al otro en determinadas partes del cuerpo, ya fuera con su propio cuerpo o con las herramientas que ellos mismos conjuraran. Así nació el Arte de la Guerra.
En el caso de personajes de naturaleza más tranquila y reflexiva, como Dadá o Novalis, el juego consistía en inventar una serie de razonamientos y proposiciones lógicas que cada uno de los participantes tenía que defender a la par que intentaba hacer caer a su oponente en un error. Así nació el Arte de la Oratoria y la Política.
Y así sucesivamente.
Lo mejor de todo consistía es que Asmodeo se limitaba únicamente a sugerir a los participantes de sus juegos sólo unas pocas reglas básicas, y cuando éstos añadían o suprimían algunas de ellas, Asmodeo sentía un profundo orgullo y una gran satisfacción, ya que ello indicaba que los jugadores se tomaban en serio sus juegos y cada vez ponían más interés en ellos.
Y claro, Dios se sentía satisfecho con su labor. Es decir, con él.
Pero ……
Sí, es cierto, siempre hay un pero. Es como si Dios hubiera creado Su Propio Juego y, sin explicar las reglas, nos hubiera puesto en el Tablero y comenzado a tirar dados.
Extraoficialmente: se trataba precisamente de eso. Y además, hacía trampas. Muchas.
Bueno, sigamos.
Pero Asmodeo se había dado cuenta de una cosa. A la hora de crear sus juegos, lo había hecho de acuerdo con la naturaleza intrínseca de los futuros participantes,
Así pues, si bien la mayoría de los Ángeles se entretenían con juegos en los que la mayor complicación era una simple repetición de las leyes del azar, había otros Ángeles cuya mente había requerido un gran esfuerzo. Ángeles cuyo juego había sido como un ajedrez de seiscientas casillas de lado y más de mil piezas en cada bando.
El problema era que él mismo ya sabía jugar a todos y cada uno de los juegos que inventaba y ninguno era demasiado complejo, en realidad. Entonces, si los ángeles que ocupaban posiciones importantes en la Jerarquía precisaban de juegos cada vez más complejos, y él, el creador de juegos, no tardaba en derrotar a aquellos Ángeles en los juegos que había creado para ellos, ¿eso no significaba que, en cierta forma, Asmodeo era superior a todos los demás Ángeles?
Esto era algo que preocupaba seriamente a Asmodeo. Él jugaba con los demás el tiempo suficiente para que ellos aprendieran las reglas y se desenvolvieran en el juego. Pero como siempre ganaba, jugaba con ellos sólo lo estrictamente necesario, no fuera que terminaran por aborrecer el juego.
De todas formas, aquello no era del todo exacto. No ganaba siempre. Habían unos cuantos que aprendían rápidamente. Tipos como Yves, Kronos o Lucero, que enseguida captaban el espíritu del juego y con los que realmente valía la pena jugar ya que, con ellos, existía una seria posibilidad de perder.
Y, ¡cómo no!, también estaba Jesús, aquel niñato vago y apestoso que, en cuanto podía, consultaba con el Jefe qué tenía que hacer y, por tanto, siempre ganaba. Era al único que no aguantaba en toda la inmensidad del Cielo.
Así pues, Asmodeo estaba muy preocupado. No quería ser superior a los demás Ángeles. No quería ganar siempre. Sólo quería jugar. Y las tres únicas personas con las que podía hacerlo a gusto estaban demasiado ocupadas.
Yves era el más ocupado de todos. Siempre estaba yendo de aquí para allá, supervisando esto o aquello, comprobando que los engranajes estuvieran siempre bien engrasados. La última vez que el pobre Yves y él se habían echado una partida había sido cuatrocientos años atrás. Y, además, no habían podido terminar la partida porque el entrometido de Jesús había aparecido de improviso y había empezado a taladrar.
¡Y Kronos! Lo mejor de él era que no le importaba perder en absoluto, aunque no lo hiciera con demasiada frecuencia. Las partidas con él eran tranquilas y sosegadas, y siempre duraban mucho tiempo. Asmodeo le preguntaba cómo se las apañaba para estar tanto tiempo seguido jugando y, además, cumplir con sus obligaciones. Kronos respondía que estaba muy bien organizado y que, de todas formas, el Tiempo no era tan importante. Su carácter tranquilo y humilde era lo que más le gustaba de él. ¡Y además era tan inteligente! Casi siempre se anticipaba a sus jugadas, obligándole a improvisar continuamente. No obstante, también estaba terriblemente ocupado.
Pero Lucero era sin duda el mejor de sus contrincantes. Lucero era, simplemente, el mejor. Era inteligente y rápido de pensamiento, con una memoria y un talento natural para la estrategia realmente sorprendente. Con Lucero había jugado algunas de las partidas más interesantes y emocionantes de toda su existencia. Y además, amaba el Juego casi tanto como el propio Asmodeo. Una vez estuvieron jugando durante tanto tiempo que el mismo Creador, intrigado, se pasó un momento por allí. Ambos se habían sentido extremadamente halagados. Por desgracia, Lucero estaba ahora embelesado por unas nuevas criaturas que Dios había creado en un insignificante planeta de color azul.
¡Una verdadera lástima! Había creado y probado tantos juegos con y para él.
Aún así, Asmodeo continuaba con su trabajo, ideando nuevos pasatiempos casi a cada hora. No obstante, cada vez estaba un poquito más triste, un poquito más aburrido.

Los milenios siguieron pasando y los Ángeles seguían cumpliendo con su labor.
Últimamente, en los dos siglos anteriores, la presencia de Dios era cada vez más rara. Se rumoreaba que estaba encerrado en Su despacho, fraguando Su siguiente paso en Su Obra. No obstante, nadie estaba preocupado. Era bien sabido que Dios estaba en todas partes y, además, las carcajadas ocasionales que solían oírse tras Su puerta indicaban que todo iba bien. Tal y como Él quería.
Una tarde en la que Asmodeo se encontraba particularmente desdichado, la voz de Dios entró como un suave susurro en su mente.
-Asmodeo, hijo Mío, requiero tu presencia. Tengo una sorpresa para ti.
El aludido pegó un bote asombrado y, lleno de júbilo, se puso en marcha.
¡Claro! ¿Cómo he podido ser tan estúpido? ¡Debí haber ido a Su presencia hace mucho tiempo, para explicarle mi abatimiento!
Y tarareando una melodía que Morax le había enseñado ocho mil años atrás, Asmodeo llamó a Su puerta.
-Entra hijo Mío –respondió Dios desde el interior.
Y Asmodeo se encontró ante Él. Hacía mucho tiempo desde la última vez que había estado ante Su presencia pero, por supuesto, no le había olvidado.
Como siempre, una oleada de Amor recorrió su cuerpo. Sin ser consciente de ello, Asmodeo se tumbó en el suelo, boca abajo, en señal de respeto.
Dios sonrió indulgente (siempre lo hacía) y con un gesto le indicó que se alzara.
Asmodeo obedeció y no pudo evitar echar un vistazo a su alrededor. Pocas veces alguien podía ver el lugar donde Dios fraguaba sus planes y, como todos ellos, Asmodeo vio muchas cosas, pero no comprendió ninguna.
Ante él, en la mesa de trabajo, se extendía un enorme laberinto de proporciones épicas y de una belleza tal que le sobrecogió en lo más hondo de su ser.
Abrió la boca para hablar pero Dios, sonriendo, se le adelantó:
-Lo que ves, amado hijo, es la totalidad de la Creación. Este punto –señaló el centro del laberinto-, es el instante en que Todo empezó. Este otro –señaló una de las miles de salidas-, es el futuro más lejano que he construido hasta ahora.
Asmodeo, anonadado, consiguió mover los labios un par de fracciones de nanómetros. Ante sus ojos, el laberinto empezó a brillar en distintos colores, cada uno perfecto y brillante, tan parecidos los unos a los otros como distintos en sus sutiles diferencias.
Aquello era impresionante. Realmente, no había palabras para describirlo pero, para que nos hagamos una idea, era HERMOSO.
-Cuéntame qué te pasa, hijo Mío. ¿Porqué eres desdichado?
El Ángel empezó a hablar de sus dudas y sus inquietudes mientras Dios asentía, sin dejar de sonreír, como si escuchara una historia que ya conociera de tiempo atrás.
-Hijo Mío- prosiguió Dios en cuanto Asmodeo hubo terminado-, no has de preocuparte por nada. Desde el momento de tu creación has sido especial, porque Yo te hice así. Porque Yo te imaginé así. Todos estos años has cumplido perfectamente con la función que te encomendé. Y ahora, por fin, estás preparado para dar el paso siguiente. Has de saber que tu misión consiste en la creación de un Juego, el mayor y más colosal que jamás hayas imaginado. Y debes hacerlo rápido, pues queda poco tiempo.
-Sí, Padre –contestó Asmodeo presa de una súbita preocupación.
El destino de la Creación, aquel laberinto tan maravilloso y espectacular, estaba en sus manos. Realmente, se sentía muy pequeño en aquellos instantes. ¡Y pensar que se había creído el más importante de Sus hijos!
-¿Algún consejo? ¿Alguna guía antes de comenzar? –Empezó a decir , pero se dio cuenta de que ya no estaba en Su despacho.

Asmodeo se paseaba nerviosamente por la zona del Cielo que consideraba como sus estancias.
Habían pasado sólo dos horas y estaba desesperado. Peor que eso: estaba en blanco. ¡Él, que había creado tantos y tantos juegos! ¡No se le ocurría nada!
Así que deambulaba frenéticamente arriba y abajo, como un adolescente al que se le ha castigado injustamente a quedarse en casa un sábado por la noche.
Tan absorto estaba que no cayó en la cuenta de que Lucero había llegado. Pasado un rato, éste carraspeó educadamente para llamar su atención.
-Ah, Lucero. Perdona, no te había visto.
-Asmodeo, ¿tienes un momento?
Iba a responder que no, que estaba muy ocupado y que tenía muchas cosas que hacer, pero refrenó sus palabras. De todos los Ángeles del Cielo, Lucero era a quien profesaba más afecto. ¡Y parecía tan afligido! Quizás debería escuchar sus problemas. Y quizás él le proporcionara alguna ayuda. A fin de cuentas, Lucero había demostrado ser casi tan bueno como él inventando juegos.
-Díme Lucero, ¿en qué puedo ayudarte?
-Verás, viejo amigo. ¡Estoy tan preocupado!
-¿Y eso? ¿Qué es lo que te aflige?
-¿Has estado en ese planeta nuevo? ¿Ése en el que han sido creados los hombres? –preguntó Lucero a su vez.
-No. La verdad, no sé qué pueden tener de interesantes.
-Eso es porque nunca has ido a verlos. Son ….. son …..
Asmodeo contempló a su amigo. Desde que lo conocía no recordaba ni una sola vez en que Lucero se hubiera quedado sin palabras.
-Son …. son tan ….. ¡dinámicos! –explotó Lucero por fin-. ¡Tendrías que verlos! Siempre están de aquí para allá, explorándolo todo, tocándolo todo –Lucero estaba exultante, pletórico como pocas veces lo había visto Asmodeo-. ¡Y son tan hermosos! –continuó-. Realmente, son Sus elegidos. ¡Tienen tanto potencial!
-¿Y eso te preocupa, Lucero? –consiguió intercalar.
-No, verás –y su voz se tiñó de tristeza-. Es que son tan frágiles. Necesitan comer y descansar casi continuamente. No soportan bien ni el frío ni el calor. El otro día observé a uno de ellos desde lejos. Estaba en una montaña, contemplando maravillado el paisaje que se extendía ante él cuando, de repente, resbaló y cayó al suelo. Esperé cinco minutos a ver si se levantaba de nuevo, pero permanecía tumbado en el suelo, sobre la roca y la hierba. Finalmente, intrigado, me acerqué a él. ¡Ojalá no lo hubiera hecho! Una mancha, roja y enorme, se extendía sobre la roca, y en su cabeza había una gran grieta. Enseguida comprendí que estaba ….. que estaba muerto. ¡Muerto!
Y, acto seguido, dejando aún más sorprendido al anfitrión, se echó a llorar. Poco a poco Lucero se calmó y continuó hablando.
-El caso es que, desde entonces, he estado pensando en cómo solucionar ese problema. Su corta vida. ¿Tienes alguna idea?
Asmodeo empezó a meditar sobre el asunto, pero sus propias preocupaciones le impidieron llegar muy lejos en sus razonamientos.
-Mira, no –respondió al fin. Y entonces se le ocurrió-. Pero tal vez a Él sí. ¿Por qué no pides una cita para hablar con Padre?
-Bueno, no sé. Ya sabes que siempre está muy ocupado. Tardará varios años en encontrar un hueco para mí.
-Mejor que mejor –respondió Asmodeo con una enorme sonrisa-. Posiblemente, para entonces quizás ya hayas encontrado una respuesta a tus preguntas. Y seguro que Él les da el visto bueno.
-¿Seguro?
-Me apuesto lo que quieras a que sí.
Y, mientras Lucero se iba a concertar una cita con el Creador, Asmodeo continuó pensando en su problema.

Pasaron veinticinco años y las cosas cambiaron en el Cielo. Y, como suele suceder, un cambio en el Paraíso es el primer paso hacia el Infierno.
Allá abajo, sin embargo, las cosas seguían bastante iguales. Los hombres seguían muriendo pero, poco a poco, se iban extendiendo más y más por la superficie de su planeta.
Asmodeo seguía sin poder concebir ningún juego que estuviera a la altura de las expectativas que Dios había puesto sobre él. Así pues, su carácter empezó a volverse un tanto huraño y, en cuanto se daba cuenta de ello, lo remediaba volviendo a su antiguo comportamiento, extrovertido y jovial.
Si por aquel entonces hubiera habido psicólogos y Asmodeo hubiera sido humano, el diagnóstico hubiese sido: “Leve alteración nerviosa. Principio de esquizofrenia”.
Excepto por los días en los que volvía a ser el de siempre, Asmodeo empezó a ser rehuido por algunos de los Ángeles más sensibles. Por supuesto, aquello le hubiera llegado a importar si hubiera llegado a darse cuenta. Pero estaba demasiado ocupado.
Lucero fue el único que se molestaba en visitarle periódicamente, aproximadamente una vez al mes. En sus visitas le hablaba de los progresos de los humanos, de las ideas que se le ocurrían y de la inminente reunión con Dios. Asmodeo creía recordar que la última vez que se vieron Lucero había dicho que creía haber dado con la solución:
-¡Sólo tenemos que procrear con ellos! Los descendientes atesorarían las mejores cualidades de los progenitores. De su parte humana conservarían su imaginación e inventiva, muy por encima de los estándares angelicales. Y de nuestra parte heredarían nuestra longevidad y resistencia. ¡Es la mejor solución! ¡La única! –Exclamó Lucero.
Asmodeo, hastiado de escuchar a su amigo una y otra vez, decidió que sería buena idea deshacerse de él.
-Escucha –contestó-. Aún faltan unos cuantos años para la audiencia con Dios. ¿Porqué no le comentas tu idea unos cuantos más, a ver qué les parece? Y, si sois muchos quienes apoyáis la idea, seguramente eso, y no otra cosa, convencerá a Dios de su validez.
-¿Tú crees?
-Seguro que sí. Te apuesto lo que quieras. Y ya sabes que nunca pierdo.
Y, brincando de alegría, Lucero se fue pegando saltos de alegría, a contar su idea a los demás Ángeles.
En el lapso de cuatro años la idea se extendió por el Cielo con relativa lentitud y, aunque había muchos que coincidieron con él, también es verdad que no pocos no creyeron en ella.
Sin embargo, todos, sin excepción, acababan diciendo:
-Bueno, será lo que Él quiera.
Y mientras tanto, Asmodeo cavilaba y cavilaba, muchos Ángeles se acercaron a él y le preguntaron acerca de la idea que había tenido Lucero, pues todos sabían que los dos eran grandes amigos.
Y Asmodeo respondía a sus preguntas con impaciencia, y sus respuestas variaban según el humor que tuviera aquel día. Si estaba contento la idea le parecía buena, casi digna de Él. Pero si estaba malhumorado o deprimido la idea le parecía mala y contestaba que Él jamás daría su aprobación.
Y, según hablaban con él, los Ángeles contemplaban con buenos o malos ojos la idea, llegando en ocasiones a cambiar de opinión.
Pero Asmodeo no podía perder el tiempo con tonterías, y volvía a enfrascarse en sus pensamientos.
Finalmente, en el trigésimo tercer aniversario de la tarde en la que Dios le había encargado Su Juego, Asmodeo sintió un gran hormigueo en su interior. La semilla de una idea había germinado en su mente.
Inmensamente contento, recorrió el Firmamento en busca de alguien con quien celebrarlo. Pero no encontró a nadie.
El pasmo duró tan solo unos segundos, hasta que recordó que aquella tarde, precisamente aquella tarde, Dios iba a conceder audiencia a Lucero. Y como la idea había creado una gran expectación en el Cielo, todos los Ángeles, tanto aquellos que la apoyaban como los que se oponían a ella, estarían presentes.
Realmente, pensó, aquella era una curiosa coincidencia.
Y justo cuando pensó aquella última palabra, un Pensamiento, con la fuerza de un trillón de Bombas de Hidrógeno, se dejó oír en todas y cada una de las mentes del Cielo:
-¡NO! – respondió Dios a la petición de Lucero.
Y curiosamente, aunque su negativa era tajante, no parecía particularmente enojado.

Satanás, el anteriormente llamado Lucero, se materializó delante de Asmodeo.
-Vamos. Tenemos una guerra que librar.
Asmodeo, conocedor del nuevo carácter de su amigo, sólo lo intentó una vez.
-¿Seguro que no puedes dejarlo correr? Recuerda quien es Él, y que Él sabe lo que es mejor.
-Bien. Eso ya lo veremos –Y echó a andar.
Con un titubeo, Asmodeo empezó a seguir a su amigo. No había dado dos pasos cuando, suave como el aleteo de una mariposa, la voz de Dios se deslizó en su mente.
-Has hecho un buen trabajo, Asmodeo. Has creado un Juego digno de Mí –y, tras una pausa, añadió: -¿Sabes? No tienes por qué luchar a su lado.
-Lo siento, Jefe –contestó mentalmente con el respeto que siempre le había profesado-, pero una apuesta es una apuesta.
Y Asmodeo echó a andar detrás de su amigo.
Y Dios, repantigado en Su sillón, contemplando el laberinto de Su Propia Creación, sonrió como si escuchara una divertida historia que ya conocía desde hacía mucho tiempo atrás.
Y, silenciosamente, procurando que ningún Ángel le oyera, se echó a reír.

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