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La defensa socrática

La defensa socrática
Por Güimi

¿Qué dice realmente el dios y qué indica en enigma?
Yo tengo conciencia de que no soy sabio, ni poco ni mucho.

Sócrates, según Platón

Versión en PDF.

Era frustrante hablar con Dios. Como representante suyo en la tierra, yo era el único que conocía una parte de la verdad. Aún así tenía fuertes deseos de dejar de ser ateo.

Realmente Dios tenía razón, como no podía ser de otra manera. Siempre tenía razón, aunque la mayoría de las veces yo no entendiese el por qué. Dios intentaba explicármelo todo de manera que yo lo entendiese, era amable y paciente, pero no teníamos tiempo (¿qué es el tiempo?).

Aunque Dios me estaba esperando me tomé unos momentos para mirar por la ventana. Una masa inimaginable de gente se extendía por los jardines de esta nueva iglesia, simplemente contemplando, esperando silente y esperanzada (Pulgones volando hacia la luz). No necesitaba que me contasen las noticias para saber que las buenas nuevas se sucedían. Apenas hacía unos días (¿semanas?) desde la venida de este Dios y el mundo era otro. Todos los políticos del mundo hicieron constricción, confesaron sus inmundicias y se pusieron, por fin, al servicio de la población. Los ricos, los ladrones de guante blanco y aeropuerto propio, pusieron sus entramados al servicio del prójimo. Se dejaron de disparar armas y todos los pobladores se entregaron a la ilusión de la nueva era. Conflictos internacionales se solucionaban cada día porque las discusiones religiosas ya no tenían sentido y los recursos se repartían con ilusión. Toneladas y toneladas de comida, de medios, de medicinas, fueron repartiéndose por el mundo. Se podía decir que no quedaban guerras y en breve podría acabarse del todo con el hambre y la pobreza. Millones de terrestres despertaban felices soñando con lo que se conseguiría en pocos meses.

Pero no disponíamos de tanto tiempo.

Dios, buenos días -dije-. Y al hacerlo cometía dos errores, le daba la razón dos veces más. No necesitaba realmente hablar para comunicarme con Dios, pero necesitaba conservar algo de mis costumbres y mi forma de actuar, seguía ritos… y seguía llamándole Dios. Pero Dios, como siempre, era comprensiva y afable, se daba cuenta de mis errores, se daba cuenta de todo, pero no hacía hincapié en ello.
Buenos días -respondió Dios, siempre tan educada- ¿Has encontrado una solución a tu dilema?
¡Como si fuera tan fácil!

Podemos ser muy útiles, ¿sabes?
Burros, bueyes, perros…
Sí claro, todos esos eran animales muy útiles, fácilmente educables, relativamente inteligentes. ¿Y qué teníamos nosotros de diferentes a ellos? Me empeñaba en pensar que Dios quería ayudarnos, pero era todo tan complejo. Al principio no entendía nada de lo que me explicaba Dios. Aunque usaba mis propias ideas y conceptos para intentar mostrármelo, aunque usaba mis propias metáforas y formas de expresión, su pensamiento se me escapaba. Poco a poco nos fuimos entendiendo. Bueno, Dios siempre lo entendió todo, claro. Yo era como un bebé de dos o tres años apenas empezando a hablar. Dios era la mamá que me hablaba de solidaridad, de futuro; la que me explicaba cómo se enciende y apaga un sol, o cómo viajar entre galaxias… y yo no terminaba de entender los conceptos. Este bebé había aprendido las palabras e incluso la superficie de algunas ideas, pero no terminaba de entender lo que decía mamá. El bebé intentaba estar a la altura, mostrar inteligencia y mamá respondía con una sonrisa feliz, ¡qué listo es mi bebé! Pero no tan listo como para que mamá pudiera tener una conversación seria conmigo; mamá no podía confiar en mi para que cuidara sus cosas, no podía dejarme jugar con objetos que pudieran ser peligrosos para mi mismo, como la bomba atómica. Los humanos solo éramos bebés. Quizá solo mascotas.

Así que el representante de Dios en la tierra tenía una misión que nadie conocía: convencer a Dios de que éramos significativamente más inteligentes que el resto de animales de la tierra. Si no lo conseguía Dios no podría convencer a su gente de que nos salvasen. No me quedó claro de que espacio-tiempo venían “ellos”, ni el tipo de problema en que nos habíamos encontrado los terrícolas sin saberlo.

Al principio estuve muy orgulloso de poder seguir las primeras explicaciones de las dimensiones y la materia. ¡Joder, yo tenía dos nóbeles en física! Pero como decía Dios, nuestra mente no estaba preparada si quiera para imaginar las grandes cifras. ¿Quién puede realmente imaginar 1030 plátanos uno al lado de otro? ¿Y cuánto demonios ocupa realmente eso? ¿Qué diantres significa que los tiempos se entrecrucen en túneles agujereados?

Dios, claro, aceptaba que éramos los más inteligentes del planeta, la cuestión es que esa diferencia no parecía significativa. Algunos chimpancés, de los que solo nos diferenciamos genéticamente un 1%, son capaces de contar y de usar un lenguaje. Los llevamos a la tele y la gente dice: “¡que monito tan simpático! ¡sabe contar como mi bebé! ¡qué gracioso!” Los no-terrestres podrían tomarme a mi y decir “¡que humanito tan simpático! ¡sabe un poco de física cuántica como mi bebé! ¡qué gracioso!

De acuerdo, no había ninguna diferencia significativa entre nosotros y el resto de animales. Solo matices. Sabemos matemáticas, pero muchos animales saben contar, es lo mismo, solo que un grado más.
Podemos usar herramientas, trabajar en equipo.
Elefantes -indicaba Dios-.
Somos agrícolas, cultivamos plantas y animales.
Abejas, hormigas.
Podemos hablar y comunicarnos -decía yo.
Chimpancés, orcas, delfines -decía Dios condescendiente.
Los terrestres podemos organizaros para luchar contra vosotros ¿sabes? -replicaba impaciente- Y lo haremos. Aunque no tengamos esperanzas de ganar, aunque nunca hasta ahora nos hayamos unido todos, podemos coordinarnos, repartirnos tareas, seguir todos un objetivo y luchar contra vosotros.
Hormigas -había respondido de nuevo Dios. Sí, claro. Empezaba a odiar a las hormigas.

Dios lo sabía todo. Al menos todo aquello en lo que yo fuese capaz de pensar. ¿Entonces por qué demonios me preguntaba a mi qué nos hace diferentes del resto de animales? No, a decir verdad, Dios no me preguntaba qué nos hace diferentes. Yo había dicho que éramos diferentes, Dios solo me refutaba. Dios no pensaba que fuésemos diferentes. En realidad yo tampoco pensé nunca que los humanos fuésemos especiales. La ciencia ha ido restando cada vez más importancia al hombre, nuestro lugar cada vez era menos especial, nosotros cada vez menos diferentes de una simple mota de polvo. Yo solo lo defendía para intentar salvarnos. Pero Dios era paciente y amable, supongo que en cierta forma le resultábamos simpáticos (Gatos, tortugas, camaleones). Perdía su tiempo con nosotros (¿o no perdía Tiempo, solo un tiempo entrecruzado?) y nos daba una oportunidad de salvarnos.

Había tantas cosas que quería preguntarle a Dios, tanto que aprender.

Incluso aunque no entendí casi nada, fue fascinante “ver” retazos de los principios del universo cuando los puso en mi mente. Yo solo quería aprender. Soy un mono de mente limitada y nunca entenderé la dualidad onda-corpúsculo con el entendimiento real y obvio que tiene un no-terrestre casi “recién nacido”… pero me gustaría. Siempre supe que es más lo que nos falta por aprender que lo que sabemos y ahora tenía a mi lado a un ser que me podía explicar todo lo que mi mente era capaz de entender. E iba a perder esa oportunidad.

Aunque no tengamos vuestra capacidad mental, vale la pena el esfuerzo de salvarnos.
Ratas en un barco que se hunde -dijo Dios, quizá con pena.

El tiempo, nuestro tiempo, se acababa. No habría una segunda oportunidad. No existe Dios ni vida después de la vida.

Era fascinante hablar con Dios.

La solución, claro, era la Apología de Sócrates.


“¿Qué dice realmente el dios y qué indica en enigma? Yo tengo conciencia de que no soy sabio, ni poco ni mucho. [...] este hombre cree saber algo y no lo sabe, en cambio yo, así como, en efecto, no sé, tampoco creo saber. Parece, pues, que al menos soy más sabio que él en esta misma pequeñez, en que lo que no sé tampoco creo saberlo.”

Apología de Sócrates


La Apología de Sócrates (Ἀπολογία Σωκράτους), es una obra de Platón que da una versión del discurso que Sócrates pronunció como defensa, ante los tribunales atenienses, en el juicio en el que se lo acusó de corromper a la juventud y no creer en los dioses de la polis.

Wikipedia


Este relato está inspirado en esta intervención de Neil deGrasse Tyson.

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